Buttermilk fue mi caballo, mi amigo y mi gran maestro. Si bien lo compré para equitación, su actitud me cautivó de entrada. Pude reconocer que atrás de todo el entrenamiento, adoctrinamiento y preparación que tuvo para convertirse en un elemento deportivo, su animalidad seguía intacta y quería expresarse. No fue hasta que conocí a David Castro, gran hipólogo Argentino, que me ayudó y guió hacia la liberación de Buttermilk y por ende, hacia mi propia liberación también. Buttermilk pasó de vivir en un box a vivir con una manada en el campo, donde formó lazos para toda la vida. Poco a poco empezó a mostrarse como quien es, dejó de lado las presiones psicológicas que lo reprimían y entendió que ya no tenía que responder ante nadie.
Y yo pude acompañarlo durante su proceso y su cambio de actitud hacia el mundo. Todas las decisiones que tomaba y todo lo que hacía tenía un sentido claro para él. Volvió a ser dueño de su propia intención. Aprendió a decir que no, a formar lazos y vínculos con otros caballos, a entender que ya nadie le iba a pedir que no haga nada que él no quiera hacer, nadie lo iba a montar, nadie lo iba a separar de sus seres queridos, y nadie iba a volver a quebrantar su voluntad.
Pasó sus últimos días rodeado de su manada en un campo en Córdoba, pero va a vivir para siempre inmortalizado en mi arte.